En la universidad conseguí mejorar, pero pagando un precio demasiado alto: muchas horas delante de los libros, muchísimo esfuerzo y, demasiadas veces, resultados que apenas estaban a la altura de todo ese sacrificio.
Hasta que un día ocurrió algo que cambió mi forma de ver el aprendizaje: iba a nacer mi hija.
"¿Cómo voy a ayudarla a estudiar cuando lo necesite, si yo mismo nunca he sabido estudiar bien?"
No quería esperar a que llegara ese momento para descubrir que no tenía herramientas para ayudarla. Empecé a formarme: investigué sobre memorización, lectura rápida, cálculo mental y distintos métodos de estudio. En apenas una semana conseguí duplicar mi velocidad de lectura — pero lo que de verdad me sorprendió fue comprobar que podía retener grandes cantidades de información con mucha más facilidad y mucho menos esfuerzo del que había necesitado durante toda mi etapa como estudiante.
Había pasado años pensando que tenía un problema de memoria. Quizá simplemente nadie me había enseñado cómo hacerlo.
Probé técnicas, las comparé, descarté las que no funcionaban y perfeccioné las que sí. Hasta que llegó el momento de enseñárselas a mi hija — y ahí comprobé algo todavía más importante: las técnicas funcionan mucho mejor cuando van acompañadas de esfuerzo, compromiso y organización. Mi hija las incorporó a su forma de estudiar y se convirtió en una alumna ejemplar.
Empecé a enseñar estas herramientas también a amigos, conocidos y a sus hijos. Y descubrí algo que vale más que cualquier resultado académico: ese momento en el que un alumno memoriza algo que, minutos antes, pensaba que era imposible recordar. Primero sorpresa. Después, una sonrisa. Y finalmente esa pregunta:
"¿De verdad me lo sé?"
Especialmente con un niño o un adolescente, ese momento cambia algo más importante que una nota: su percepción sobre sí mismo. Deja de preguntarse "¿seré capaz?" y empieza a preguntarse "¿qué más seré capaz de aprender?"
Por eso convertí años de aprendizaje, pruebas y experiencia en este curso. No para enseñar a estudiar más horas — sino para enseñar a estudiar mejor. Y, sobre todo, para ayudar a ganar algo todavía más importante que una buena nota: la confianza en la propia capacidad para aprender.